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Gustavo Adolfo Emé, una carrera.

“Me desplazo desde la expresión subconsciente

hasta la intención premeditada de operaciones simbólicas.”


Encontrarnos con las obras de Gustavo Emé es encontrarnos con un espacio de reflexión conjunta, ya que su trabajo no apunta a comunicar unidireccionalmente un contenido o un mensaje, sino más bien generar contextos de diálogo. Su obra es abrir un campo de intercambios que pueda llevarnos desde la reflexión -sobre nuestro entorno, nuestro pasado, nuestra identidad- hacia un espacio de catarsis, encuentro y empatía.


Su lenguaje primario es la línea y el dibujo encarados desde la libertad del trazo que le permiten una expresión subconsciente, dejando salir lo más primario, para luego ir construyendo articulaciones, encuentros, superposiciones que, capa tras capa, comienzan a cobrar una dimensión simbólica. El dibujo va configurándose en vector de sentido cuando se encuentra con la dimensión reflexiva de su entorno, su pasado o identidad dejando de ser un un trazo meramente mecánico para conformarse en un elemento de significación.


A lo largo de dos décadas de trabajo, Gustavo ha propuesto operaciones de desplazamiento constante que le permitieron ir redefiniendo su imagen y los límites de su trabajo incorporando la acción y la objetualidad en su obra. Estas operaciones supusieron, al mismo tiempo, un desplazamiento desde las dos dimensiones del plano hacia las tres dimensiones del espacio para reflexionar sobre las tensiones de su entorno, encontrando otro lugar de enunciación estético y plástico que supera las estrictas limitaciones del dibujo.



Hablar del contexto de Gustavo es hablar, sobre todo, de Lima, la capital acelerada y alienada, la capital percibida como el faro migratorio, pero atravesada por la precariedad y la violencia. Hablar de Lima se siente como hablar de otras capitales latinoamericanas atravesadas por tensiones similares que nos unen en un espacio simbólico común. Sin embargo, la ciudad tiene sus particularidades que Gustavo explota en el trabajo: tradiciones específicas, movimientos internos y una topografía real y simbólica encarnada en las contradicciones culturales, políticas, económicas y raciales que plantean las subdivisiones distritales de la ciudad.


En su trabajo, estas reflexiones sobre un presente precario y violento también se entroncan con procesos históricos más amplios. Procesos que remiten a la colonia y los tiempos prehispánicos en donde sincretismo y colonialismo, hibridación y mestizaje, se encuentran siempre presentes en su discurso aunque con diferentes rostros, abordados desde diferentes perspectivas. Su obra encuentra una continuidad en las problemáticas de la región conectando pasado con presente y planteando un loop histórico del cual, parece, no podemos escapar.


“Triciclo exterior-interior: terrorismo en Lina-Perú 1982-1992”


Es en este contexto de reflexión desde donde surge “Triciclo exterior-interior: terrorismo en Lima-Perú 1982-1992”, su última obra, seleccionada para la quinta edición del Premio ICPNA Arte Contemporáneo en Lima. La obra es un claro ejemplo de sincretismo latinoamericano en general y peruano en particular. Propone un objeto imposible pero familiar, surreal pero cotidiano.



La pieza está conformada por una estructura metálica móvil que remite a los triciclos comerciales de Lima, pertenecientes a vendedores ambulantes que ofrecen todo tipo de productos en la capital. La estructura carga con diferentes símbolos que complejizan y enriquecen su lectura; crines de caballo, velones o cirios de iglesia, cables, vidrios molidos y el acompañamiento constante y disruptivo del barullo típico de la ciudad, encarnado en sirenas y alarmas que le otorgan una atmósfera inquietante y que remite a la confrontación armada que signó Perú en las décadas de los ´80 y ´90. A todo esto se suma la “oferta” del artista/vendedor: un conjunto de dibujos colgados desde la estructura metálica, como si de una oferta del día se tratasen, en las que Gustavo revisita los grafismos prehispánicos -centrales en su trabajo- colocados de forma caótica y desordenada, saturando aún más la composición y el montaje para dar cuenta de la abundancia, el atiborramiento y ese bello caos de nuestra América latina.


Sin embargo, ese desorden también nos habla desde el lugar del sentido y cómo desde nuestra realidad y herencia mestiza logramos construir una identidad que emerge desde esa realidad caótica. Cómo nosotros, latinoamericanos, logramos confluir y conformar desde diferentes culturas y tradiciones, desde diferentes etnias y paisajes, un todo a partir de estos retazos con el trasfondo de la herida colonial que cargan nuestras sociedades y estructuran aún hoy las tensiones políticas, económicas y raciales de nuestra región. Gustavo forma parte de este paisaje, no sólo como un espectador que describe, como si de un etnógrafo se tratase, una realidad sino que, por el contrario, la vive en carne propia. Él mismo no dice: “(Esta es) la vida acelerada, alienada y precaria que vivo como trabajador del arte en Lima: capital que entremezcla las idiosincrasias de millones de personas, en su mayoría descendientes de migrantes o con proyectos migratorios.”


Es acá donde el trabajo de Gustavo encara una perspectiva netamente contemporánea quebrando la homogeneidad de la imagen y el lenguaje. La contemporaneidad deja de lado los discursos claros y distintos -los discursos cartesianos y monolíticos de la modernidad- para abrir paso a la heterogeneidad como norma, a la incertidumbre como contexto en el que debemos aprender a convivir. Ya no hay respuestas fáciles a preguntas estereotipadas, en la contemporaneidad debemos bucear entre capas de sentido superpuestas, internarnos en el palimpsesto que propone la cultura y buscar nuestro camino -“elegir nuestra propia aventura”- encontrando relaciones entre sentidos y tradiciones disímiles. Creo que esta pieza de Gustavo sintetiza de alguna forma sus dos décadas de carrera artística y nos da la ocasión para revisitar su trabajo y encontrar otras claves que orienten nuestra lectura.


En este trabajo ya se muestra una intención de tomar el espacio por asalto. Sin embargo, pasar desde el plano hacia la tercera dimensión requiere traducciones que logren sustentar el sentido. Esa transición no es algo que pueda hacerse naturalmente, sino que demanda un proceso de reflexión sobre cómo traducir esos símbolos que ahora deberán ser recorridos desde múltiples perspectivas por el espectador y dialogar con el propio espacio y sus dinámicas, fuera de la seguridad que les otorga los límites de un plano plástico. Gustavo ha experimentado rupturas con el formato clásico del dibujo desde el 2014 -incorporando estructuras en madera que le permitieron romper el plano y otorgar una dimensión lúdica y espacial a su trabajo- “Triciclo…” es su primer intento por reflexionar sobre el espacio en sí mismo, traduciendo los símbolos recurrentes que ha utilizado a lo largo de 20 años de trayectoria: la línea, su contexto limeño, la migración interna, la violencia, el sincretismo cultural, la herida colonial o los grafismos prehispánicos. Un repaso por su trayecto nos permitirá profundizar la mirada.



De la Dokumenta Kassel hacia el contexto limeño


“Nunca antes entendí ni imaginé

cuán peruano cholo puedo ser.”


Poco después del año 2000 Gustavo visita Europa y se detiene e interesa particularmente en la Documenta Kassel XI, evento que modificará su modo de abordar la práctica artística desde el punto de vista conceptual. Nos dice que fue a partir de esta experiencia en Europa que comenzó a encontrarse y reconocerse como latinoamericano y peruano. Como todos los que nacemos y habitamos esta región, el mestizaje cultural nos atraviesa y estructura. Crecemos en una cultura dividida que nos jalona intermitentemente hacia sus polos: habitamos una realidad cotidiana que nos coloca una y otra vez en un contexto de periferización, pero, al mismo tiempo, habitamos un imaginario social que coloca el eurocentrismo y la modernidad occidental como el ideal de nuestros esfuerzos culturales. El trabajo de Gustavo desde entonces es un intento por mostrar todo lo negado, lo invisibilizado, lo que cae por fuera de los límites que propone la ficción universalista de la cultura occidental. Lo mestizo, lo indígena, lo andino y todas las tramas históricas prehispánicas con sus estéticas, poéticas y grafismos son recuperadas, revisitadas y resignificadas como un modo de autoafirmación.


En este período se fueron forjando las recurrencias y los intereses que pronto se transformarán en símbolos reconocibles. Gustavo no intenta huir de su doble pertenencia occidental y mestiza, sino que plantea una articulación personal entre ambos mundos, para hibridar lo occidental y lo indígena. Surge entonces el símbolo de los “Mantos Paracas” como un elemento y recurso que le servirá como base para profundizar en la hibridación entre lo local y lo global, entre un pasado de identidad manifiesta y un presente de identidad anfibia, cambiante, híbrida. La gráfica prehispánica, entonces, tomará un lugar central, constante y definitivo en todo su trabajo a lo largo de estas décadas. Todo su trabajo intentará articular dos espacios de visualidad, dos culturas escópicas diferenciadas: el heredado desde el discurso académico occidental y el campo gráfico heredado socialmente desde las culturas precolombinas.


Sobre esta base de mantos Paracas, grafismos e iconografías prehispánicas Gustavo va articulando un cuerpo de obra a través de diferentes proyectos: “Ciudad”, “Vida ;)”, “LIM_A:A_MIL”, “AnIMaL: 7 districts”, entre otros, que muestran una matriz común la apropiación, estetización e hibridación de los signos. Mientras que en el proyecto “Ciudad” el choque entre regímenes escópicos está dado por la articulación de los grafismos de los textiles Paracas y Nazca con el lenguaje visual del diseño por computadora, en el proyecto “LIM_A:A_MIL” propone reflexionar sobre el campo social -urbano- poniendo en constante tensión la contemporaneidad con su pasado, la tecnología con la tradición, la ortogonalidad colonial con la espontaneidad prehispánica.


Aquí los símbolos se complejizan, se hibridan y generan nuevas relaciones para poder decirnos nuevas cosas. Por un lado, enlazando un presente violento, periferizado y precario con un pasado esplendoroso y, por otro, apropiándose y haciendo cuerpo e imagen su herencia y contexto. Gustavo quiebra con una identidad ficcional que remite a una idea abstracta de occidentalidad y abre las puertas para presentarse con todas las letras como “peruano”. Los símbolos comienzan a desprenderse de su sentido original para asociarse con otros que le propone el artista en un proceso de resemantización a través de recursos y operaciones como la ironía, la estilización o el cambio de contexto. De esta manera nos habla de su entorno, de su contexto, pero con una flexibilidad para distorsionar, modificar y hacer plásticas las ideas, como una estrategia para “hacerles decir” cosas más concretas y cercanas a sus interlocutores que un mero símbolo arquetípico. Su intención no es producir urbe et orbi, sino que tiene en mente un espectador cercano, ligado a su realidad con el que puede generar un lazo de complicidad y empatía. Gustavo nos habla de “catarsis” al intentar sacar desde su interior algo hacia el exterior, pero yo lo veo más como una busca de empatía para con sus contemporáneos, un mostrar y sentirse cerca de su realidad en la cual todos nos podemos ver reflejados e identificados.


En este período hay una utilización más directa de la imagen en relación al sentido, pero dejando entrever el sistema de relaciones de ideas que, con el transcurso de los años, sintetizará en su trabajo al profundizar en sus reflexiones sobre sincretismo y decolonialidad, los dos ejes principales por donde creo desarrolla su trabajo más intenso. Hay un esfuerzo consciente por encontrar una poética y una estética decolonial y, para ello, primero debió deconstruir sus propias representaciones sobre lo indígena, lo local, lo popular y lo peruano. Acostumbrados a menospreciar todo aquello que cae por fuera del linde de legitimidad establecido por occidente, el camino de regreso desde la ficción de universalidad propuesta por la modernidad hacia lo particular, lo contextual y local es un camino que encuentra un sin número obstáculos.



Presente y futuro: del plano al espacio


Desde 2014 con su muestra “AnIMaL: 7 distritos” Gustavo se ha concentrado en el dibujo para poner en valor la propia acción del dibujo y la experiencia del dibujar, entendiéndola como acción catártica e introspectiva. También en este movimiento hacia la revalorización del dibujo hay un movimiento de retorno a Lima, la capital vibrante y precaria. Lima como el lugar de intersección de todas sus líneas investigativas, Lima como una sumatoria de tensiones que, en sus Distritos y contradicciones muestran la cara más evidente de la migración -deseada e indeseada- y el sincretismo cultural. Sin embargo, la herencia y los grafismos prehispánicos no quedan abandonados: aunque su trabajo haya evolucionado hacia otros intereses, lo superado nunca se pierde, sino que queda integrado como parte de ese palimpsesto que propone su trabajo.


Sin embargo, en este proceso -y como vimos al analizar su obra instalativa “Triciclo…”- el contexto de emplazamiento comienza a ser un factor importante en su producción, un vector más a través del cual seguir generando significación. Para Gustavo es un salir de las dos dimensiones del plano y comenzar a colonizar las tres dimensiones del objeto y del espacio. En este sentido, experimenta desde entonces y hasta la actualidad con el soporte y los formatos de presentación, dándoles ya no simplemente una función pragmática, sino convirtiéndolos en vehículos de sentido, asignándoles una función más allá del mero marco de referencia limítrofe entre la pieza y el mundo, para integrarlos en el discurso.


Gustavo experimenta con las estructuras de madera que tradicionalmente le dan “soporte” al dibujo para incorporarlas en su dimensión poética y estética. Amplía la escala de dichas estructuras e incorpora múltiples articulaciones para incentivar la participación del propio espectador y proponer un espacio lúdico entre obra y visitante. La dimensión interactiva que propone en esta serie, fue un primer acercamiento a la reflexión sobre el quiebre de los límites físicos tradicionales del dibujo, proponiendo una idea de expansión que escapa del plano para conquistar la tercera dimensión.


Creo que el interés primario de Gustavo en la actualidad no está en el discurso o los símbolos. Gustavo ya ha trabajado sobre la construcción y la articulación de un conjunto de conceptos e ideas que, a modo de constelación, funcionan en armonía. Este ya no es su problema principal, sino más bien, el cómo amoldar esa constelación de ideas a la nueva realidad del espacio instalativo en la que está desarrollando su trabajo y, sobre todo, teniendo en cuenta que todo espacio es político y está atravesado por tensiones que hacen de él, un espacio de luchas simbólicas por el sentido. Reflexionar sobre cómo el espacio incide en la construcción de su discurso, qué aportes puede plantearle la irrupción del espacio en la construcción de su imagen a través del dibujo, qué nuevas ideas pueden surgir con el cambio de escala y formato, qué presiones estéticas y poéticas puede generar pensar una obra en código de instalación, parecen ser los nuevos caminos a transitar. Todos estos nuevos interrogantes los podrá responder con el tiempo, nos resta sólo esperar por sus nuevas series de trabajo.



Luis María Rojas,

Director Coleccionismo Contemporáneo

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